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Jacobo Daciano

Jacobo Daciano.PRINCIPE DANES EN MEXICO.“Vino, pues, Fray Jacobo, con la orden de franciscanos y siendo
su ilustración muy grande y facilidad para aprender diversas lenguas,
en poco tiempo fue maestro en la lengua tarasca, que llegó a saber
con tal primor como la latina, griega y hebrea”.

Desde joven ingresó a la Orden Franciscana, donde recibiría una educación de alta calidad en danés y alemán, sus lenguas maternas, además de aprender latín, griego y hebreo. En los años anteriores a la reforma protestante, vivió en un convento en la ciudad de Malmö. Durante la guerra civil danesa conocida como la Guerra del Conde y tras el establecimiento del rey protestante Cristián III, los frailes franciscanos abandonaron el país, mudándose principalmente a las zonas católicas del Sacro Imperio Romano Germánico. Jacobo permaneció en Malmö —último bastión del rey católico Cristián II— hasta que la ciudad fue tomada en 1536. Escribió la Crónica de la expulsión de los frailes franciscanos, que tenía el objetivo de servir de evidencia para posteriormente reivindicar la posesión de los conventos, que nunca se concretó.


Se exilió primeramente en Mecklemburgo, donde recibió la protección del duque Alberto VII, quien había luchado en el bando católico durante la guerra civil. Ahí fue nombrado como el último líder de la provincia franciscana de Dacia (Dinamarca), de donde le viene el sobrenombre de “Daciano”. Posteriormente se trasladó a España, donde estudió árabe y el emperador Carlos V lo envió como misionero a la Nueva España.


En 1542, fray Jacobo llegó a Veracruz, para permanecer en la Nueva España por el resto de su vida. Permaneció tres años en el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco; ahí estudió náhuatl antes de ser enviado a Michoacán, donde realizaría la mayor parte de sus actividades misioneras.


Aprendió el purépecha, fundó varios conventos, también fundó el ahora municipio de Zacapu, Michoacàn, atendiendo una disposición dada por el Virrey Antonio de Mendoza, también trabajó a favor de los derechos de los indígenas, lo que en ocasiones le generó conflictos con las autoridades civiles y eclesiásticas. Escribió un tratado, la Declaración del pueblo bárbaro de los indios, que habiendo recibido el bautismo, desean recibir los demás sacramentos, en la que además, defendía el derecho de los indígenas a ser ordenados como sacerdotes; fray Jacobo argumentaba que negar a los nativos ese derecho era equivalente a cometer herejía. Esta posición hizo que Jacobo fuera castigado por el obispo de Michoacán, Vasco de Quiroga, y tuviera que realizar penitencia.


Murió en el convento de Tarecuato en 1566. Sus reliquias, actualmente perdidas, fueron conservadas por los habitantes del lugar durante mucho tiempo. En la década de 1990 comenzaron a aparecer intentos para canonizarlo.